Cuaresma, tiempo de gracia

La cuaresma es tiempo de conversión: pero, ojo, no nos engañemos: la cuaresma es, ante todo, tiempo de gracia; la conversión es una inmersión en el eterno designio de Dios. No se trata tanto de hacer un esfuerzo cuanto de descubrir lo que ya somos, por la gracia.

La cuaresma es un tiempo bautismal: toda la Iglesia vuelve a “zambullirse” en Cristo. Si es verdad que ya nos ha liberado, no lo es menos que nos hará libres.

La conversión cuaresmal no tiene otra razón de ser que la de llegar a ser por la gracia lo que ya somos por carácter.

Es decir, se nos invita a redescubrir nuestras raíces o, mejor, “nuestra raíz”, pues nuestra raíz permanente en este mundo es Jesús, muerto y resucitado, que no cesa de germinar en la tierra de los hombres. Esta raíz permanente es obra del Espíritu, que nos hace capaces de entrar en comunión con el Dios de amor y de vida.

El bautismo es un acto único en la vida del creyente que le permite unirse a ese otro acto único que, en la historia, marca el advenimiento de los últimos tiempos, la muerte y resurrección de Jesús. Lo que aconteció en Jesús se hace realidad en cada hombre. “Nuestro hombre viejo, escribió Pablo, fue crucificado con él”. La grandeza del bautismo consiste en que nos integra en el compromiso adquirido por Cristo, muerto y resucitado, de cara a la vida nueva. Así, poco a poco, se desvela el sentido de nuestra historia.

Las limitaciones que experimentamos y que nos acortan no son únicamente las de nuestra condición humana, sino más bien las de nuestra condición humana “disminuida”. El pecado nos asedia, pero, cuando tratamos de romper su cerco, nos hacemos “capaces” de Dios. Ya está el Espíritu “trabajándonos”. Hombre pecador y salvado: ése es el misterio de nuestra vida.

Porque Cristo resucitó, la última palabra sobre nuestra vida no es el pecado, sino la salvación. El bautismo no da una significación moral a nuestra vida (purificada del pecado), sino que le confiere un alcance escatológico. “Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Rom 8, 16).

“La muerte y resurrección de Cristo es, cristiano, tu propio misterio”, decía San Agustín. Sumergidos en el agua, hemos nacido de nuevo. La conversión bautismal nos vuelve hacia el futuro, que para Dios es ya nuestra realidad. La conversión, como el bautismo, sólo puede vivirse en la esperanza.

DIOS CADA DIA
SIGUIENDO EL LECCIONARIO FERIAL
CUARESMA Y TIEMPO PASCUAL
SAL TERRAE/SANTANDER 1989.Pág. 75

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